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TERCER FIN DE SEMANA DE ENERO 2010 
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DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO.- C
PRIMERA LECTURA
Lectura del libro de Isaías 62, 1‑5
Por amor de Sión no callaré, por amor de Jerusalén no descansaré,
hasta que rompa la aurora de su justicia, y su salvación llamee como antorcha.
Los pueblos verán tu justicia, y los reyes tu gloria;
te pondrán un nombre nuevo, pronunciado por la boca del Señor.
Serás corona fúlgida en la mano del Señor y diadema real en la palma de tu Dios.
Ya no te llamarán «Abandonada», ni a tu tierra «Devastada»;
a ti te llamarán «Mi favorita», y a tu tierra «Desposada»,
porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá marido.
Como un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó;
la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo.
Palabra de Dios.
Salmo responsorial Sal 95, 1‑2a. 2b‑3. 7‑8a. 9‑10a y c
R. Contad las maravillas del Señor a todas las naciones.
Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor, toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre.
R.
Proclamad día tras día su victoria, contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones.
R.
Familias de los pueblos, aclamad al Señor, adamad la gloria y el poder del Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor.
R.
Postraos ante el Señor en el atrio sagrado, tiemble en su presencia la tierra toda. Decid a los pueblos: «El Señor es rey, él gobierna a los pueblos rectamente.»
R.
SEGUNDA LECTURA
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 4‑11
Hermanos:
Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos.
En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.
Y así uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro, el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu.
Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe; y otro, por el mismo Espíritu, don de curar. A éste le han concedido hacer milagros; a aquél, profetizar. A otro, distinguir los buenos y malos espíritus. A uno, la diversidad de lenguas; a otro, el don de interpretarlas.
El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como a él le parece.
Palabra de Dios.
EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Juan 2, 1‑11
En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda.
Faltó el vino, y la madre de Jesús le dijo:
—«No les queda vino.»
Jesús le contestó:
—«Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora.»
Su madre dijo a los sirvientes:
—«Haced lo que él diga.»
Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una.
Jesús les dijo:
—«Llenad las tinajas de agua.»
Y las llenaron hasta arriba.
Entonces les mandó:
—«Sacad ahora y llevádselo al mayordomo.»
Ellos se lo llevaron.
El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó al novio y le dijo:
—«Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora.»
Así, en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria, y creció la fe de sus discípulos en él.
Palabra del Señor.
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Homilía del Rvdo. Padre D. Manuel Bobillo Gaviño
Según S. Juan, el milagro de las bodas de Caná es el primero de los que realizó Jesús. “Así manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él". Ésta es la intención primera y última del relato.
Al decir Juan que es "signo", nos preguntamos: ¿Qué significa este hecho extraordinario?
La intercesión de María, la madre del Señor, adelanta la “hora” de Jesús. En el evangelio de S. Juan, María es mencionada al principio y al fin: en Caná y al pie de la cruz. Dos momentos de glorificación de Jesús: el primero y el último. El evangelio de hoy es ejemplo palpable de la solicitud maternal de María que se muestra sensible a la necesidad del prójimo, los nuevos esposos, y también de la eficacia de su intercesión ante su hijo Jesús. Así lo ha entendido desde siempre el pueblo cristiano, que a través de los siglos ha confiado en la mediación de la Madre del Señor, venerándola e invocándola de continuo.
La Biblia nos muestra a María como una mujer de la historia de salvación, es decir, dentro del proyecto salvador de Dios por Jesucristo. La doctrina mariológica se centra en la Palabra de Dios. El concilio Vaticano II, Lumen gentium(cap. VIII), acentúa el marco bíblico de la doctrina sobre María, cuya figura es vista dentro de la historia de la salvación por Dios y leída cristológicamente desde los datos evangélicos. Esta es la Santísima Virgen que veneramos, no adoramos, los católicos: una mujer dentro del plan redentor de Dios y cuya vocación, misión y misterio son inseparables de Cristo.
La figura de María no puede entenderse sino desde la de Cristo, por su condición de madre virginal de Jesús, que es Dios. Esta maternidad divina es lo que expresa el pueblo cristiano con las mil y una advocaciones con que venera e invoca a la Virgen en todo el mundo. Las fiestas y títulos marianos no son algo paralelo al misterio de Cristo, están dentro del mismo (SC 103).
La maternidad divina de María es la explicación de su vida y misión, su razón de ser: Concepción Inmaculada y Asunción gloriosa, pasando por su virginidad y su participación en los episodios de la infancia, vida apostólica, pasión, muerte y resurrección de Jesús, así como en la prolongación de éste en la vida de la Iglesia por el Espíritu.
El culto de veneración que rendimos a la Madre del Señor (distinto del culto de adoración a Dios) acaba en Cristo y en la Trinidad, a quienes la figura de la Virgen dice relación como a la fuente de su misión, grandeza, dignidad y privilegios. Algo patente en las oraciones marianas por excelencia: el Avemaría, el Angelus y el Rosario (MC 41s).
Este valor cristocéntrico y trinitario de la auténtica devoción a María es percibido vivencialmente por el pueblo católico, cuando es fruto maduro de una religiosidad popular mariana bien orientada. En este caso la piedad del pueblo es la teología viva y existencial de la Iglesia.
La tercera referencia básica de una piedad mariana auténtica es la Iglesia. El Vaticano II incluyó dentro de la Constitución sobre la iglesia la doctrina sobre la Virgen María, porque “después de Cristo, ella ocupa en la iglesia el lugar más alto y a la vez más próximo a nosotros” (LG 54). Desde su Concepción Inmaculada hasta su Asunción en cuerpo y alma al cielo, e incluso en la vida de la Iglesia, María aparece totalmente identificada con los creyentes y caminando al lado de los miembros del pueblo de Dios, que desde el s. IV la viene mencionando en la Plegaria Eucarística de la misa.
María es la Mujer nueva que representa, junto con Cristo, a la humanidad restaurada a la amistad con Dios, que el pecado había roto. María es la perfecta cristiana, la primera discípula de Jesús, que escucha la palabra de Dios, la medita en su corazón, la asimila y la pone en práctica. Por todo ello, "en María la Iglesia admira y ensalza el fruto más espléndido de la redención, y la contempla gozosamente como purísima imagen de lo que ella misma, toda entera, ansía y espera ser" (SC 103).
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