“Conforme a las Reglas de 1.675 quedaron unidas estas dos Cofradías de Nuestra Señora de la Estrella y N.P.S. Francisco de Paula y la del Santísimo Cristo de las Penas, Triunfo de su Cruz y Amparo de su Santísima Madre, en una sola, para que así permanezcan por siempre jamás.
Han de ser Títulos los Siguientes: LA MADRE DE DIOS DE LA ESTRELLA, por ser éste el Título más antiguo, para gozar de la antigüedad en los Actos que a esta Cofradía se le ofreciese, trocando en del Amparo en el de la Estrella gozosísimos de tenerla con este Título, pues Estrella Matutina amaneció llena de gracia y libre de crepúsculo de la culpa original en su primer instante y también ESTRELLA DE EL MAR, norte seguro de los que navegan llevando su Sagrada Imagen presidiendo en nuestra Estación de Penitencia y la Reliquia del Santo Lignum Crucis, en las manos como está capitulado en la escritura de unión. (…)”(REGLA 1)
La Virgen de la Estrella, imagen no documentada, ha sido atribuida tradicionalmente al escultor Juan Martínez Montañés. Bermejo, el gran historiador de las cofradías hispalenses, recogía ya en el siglo XIX esta adscripción y agregaba que es “de las más hermosas de esta ciudad y en lo antiguo tuvo tanta fama y celebridad, que hubo empeño en poseerla, asegurándose como tradición que una noche trataron de robarla”.
La misma opinión observa el profesor Hernández Díaz, quien en la monografía consagrada al gran imaginero andaluz, anota: “Difíciles son siempre de clasificar las Dolorosas, ya que sólo poseen talladas la mascarilla y las manos, siendo el resto un maniquí para vestir; además el continuo trajín del cambio de indumentaria y las preparaciones procesionales, erosionan o alteran más o menos dichos elementos, con la necesidad frecuente de restauraciones. De antiguo viene atribuida a Montañés y yo entiendo que puede adjudicársele por el sentido letífico de su Dolor y la belleza de su expresión, sólo alcanzable por un gran maestro”.
La intensa expresión dolorosa en modo alguno desfigura la cálida belleza de su rostro. Su dolor es un dolor intenso pero sin estridencias patéticas. En este sentido, puede relacionarse con la estética montañesina, donde prima el sentido teológico que ha de inspirar la talla sobre la trágica realidad de los momentos vividos por la Corredentora. Es de observar que en el Decreto de Coronación de la imagen (Prot.. Nº 2575/99) se lee “MARÍA SANTÍSIMA DE LA ESTRELLA, representada en imagen de extraordinaria belleza y unción religiosa, que un día tallara Martínez Montañés”.
El escultor jiennense Juan Martínez Montañés (1.568 – 1..649) constituye, sin duda, uno de los grandes hitos de la estatuaria española y es el artista más representativo de la escuela sevillana de imaginería. Tras un período formativo en Granada junto a su maestro y paisano Pablo de Rojas, consta documentalmente que estaba avecindado en Sevilla en 1.587. Aquí permanecerá –a excepción del viaje emprendido a la Corte en 1.635, con el fin de retratar al rey Felipe IV- hasta su muerte. Pronto entraría en contacto con los círculos eruditos de Juan de Arguijo y Francisco Pacheco, a la vez que se impregnará del sentir y la estética sevillana. El llamado “Dios de la madera” representa en buen parte de su imaginería “el equilibrio y sentido pastoral de Trento, gracias a la extensión y profundidad de su formación estética y artística, a su acendrado humanismo, estudio de los Evangelios y escritos paulinos, a sus conocimientos teológicos y exegéticos y a las vivencias espirituales que representan los Padres de Granada, Arias, Lapuente, Rodríguez y en especial al Kempis, obras todas que ciertamente conocía el maestro”.
Montañés fue un auténtico revolucionario de la plástica sevillana. Antonio de la Banda estima que su auténtica novedad revolucionaria estriba “en la fuerza emocional con que dota a sus obras, que son no solamente bellas sino que aparentan estar dotadas de alma”. Nunca abandonará Montañés su formación manierista, si bien evolucionará hacia formas más naturales, que sus discípulos se encargarán de llevar, aún en vida del maestro, hacia las más altas cotas de realismo.
En definitiva, el quehacer artístico de Montañés quedó siempre presidido por una suprema elegancia, mesura y equilibrio, que según Camón Aznar, “da a sus figuras una tan sobria majestad, esa calidad genérica y al mismo tiempo entrañable de sus expresiones”. Calificado así mismo por Hernández Díaz de “artista genial, un excepcional creador, que se alza sobre todo y sobre todos por la grandeza, y aún más, singularidad de su arte”. El problema estriba en que el rostro de la Estrella no se parece a las idealizadas facciones marianas modeladas por Martínez Montañés. Sólo la mirada baja sintoniza con su estética, pero nunca las cejas arqueadas y el sollozante rictus de dolor. Bien es cierto que tampoco se conserva ninguna Dolorosa de Montañés para establecer comparaciones. Máxime cuando a partir de 1.620 la interpretación dramática que harán sus discípulos de los momentos cumbres de la Pasión y de la Virgen de tristeza pudo, excepcionalmente, teñir de sufrimiento la inquebrantable serenidad de su estilo.
El debate, pues, continúa abierto. En este sentido sería interesante conocer lo que han dicho algunos expertos a cerca de la posible autoría de la Virgen de la Estrella:
D. Francisco Peláez del Espino, Restaurador (autor de la última restauración):
“Cuando, en 1.977, restauré a la Estrella, al terminar el trabajo todo mi equipo llegó a una conclusión: esto es una maravilla. Ahora, ¿quién la hizo? Vaya usted a saber. En aquel trabajo no encontramos papeles que revelasen el autor. En cuanto a la autoría de la Estrella, a mí, la verdad, la Virgen no me suena a Martínez Montañés, comparadas con obras de este artista no acaba de estar claro su paralelismo. Se trata de una imagen del siglo XVII, una época en la que funcionaban los talleres, con los maestros y los discípulos, sin que llegara nunca a saberse qué hacía uno y qué los otros. La Estrella es una imagen especialmente completa porque a la belleza del rostro hay que unir la de las manos, cosa que no es frecuente. Hay imágenes bellísimas, con unas manos deficientes. Este no es el caso. La Estrella es una de esas cosas que le salen a los artistas en una tarde de genialidad”.
D. Jesús Palomero Páramo, Profesor Universitario:
“En primer lugar tengo que decir que resulta extraordinariamente difícil buscar una atribución a partir de un detalle tan escaso como es una mascarilla y unas manos, a no ser que el autor trabaje con un modelo habitual, tal y como pasaba con Sebastián Santos o Juan de Astorga. La atribución de la Estrella a Montañés está basada en las conclusiones del profesor Hernández Díaz, al que se puede catalogar como una figura colosal en la investigación a nivel mundial. No estamos hablando de un aficionado, sino de alguien que sabe lo que se dice. Yo pienso que la teoría de Hernández Díaz de atribuir la Estrella a Montañés no es descabellada. Es falso lo que dicen que la imagen tiene rasgos que no podría haber hecho Montañés. Yo la fecharía en los años 30 ó 40 del siglo XVII y estoy seguro de que si no la hizo él la hizo un seguidor suyo. Si alguna vez apareciera un documento reafirmará esta opinión”.
Francisco Arquillo, Profesor Universitario y Restaurador:
“Yo soy muy cauto en estas cosas, porque sin estudios y sin haberla tenido en mis manos no me atrevería a atribuirla a Montañés ni a nadie. Ahora bien, desde luego estamos en el siglo XVII. Para conocer el autor cabría la posibilidad de hacer un estudio en profundidad. Hoy existen medios que, a través de análisis del estilo y las características de la obra, podrían llevarnos a una conclusión muy aproximada sobre su autor. Desde luego es de las mejores obras que salen en la Semana Santa y si no la hizo Montañés está claro que tuvo que hacerla otro gran imaginero”.
No cabe duda de que es ésta una de las imágenes dolorosas de la Virgen más admiradas de Sevilla, por su innegable calidad artística. Destaca su belleza, contemplada tanto de frente como de perfil, y sus manos quizás sean las más “elocuentes” de todas las vírgenes sevillanas.
Queriendo hacer una breve descripción de la imagen podemos decir que mide 1,68 m de altura y presenta el rostro levemente inclinado hacia la derecha.. Sus ojos son de cristal, bajo pestañas postizas, con la vista hacia abajo. Por su mejillas resbalan seis lágrimas, tres por cada una. Su boca entreabierta, en estética congoja, permite ver la talla de los dientes. Su cabellera es tallada. Las manos, exquisitas, son de gran expresión, que completan tan magna talla. La derecha, con los dedos levemente curvados, porta en el paso de palio, el Santo Lignum Crucis en un relicario y la izquierda, se presenta semiextendida. La materia prima es la madera de cedro.
Pocas son las restauraciones conocidas sufridas por esta imagen, pese a su antigüedad. La más importante fue en 1.978 y la realizó Francisco Peláez del Espino como se ha referido anteriormente, resanando el ensamblaje, las distintas piezas de la cabeza, especialmente la cabellera y reparando la parte del pecho. La encarnadura, muy especialmente en la parte del cuello y hombros, se encontraba deteriorada por los efectos del tiempo y por la utilización de alfileres al vestirla y se llevó a cabo su restauración. Finalmente se dotó de un nuevo candelero consistente en seis barrotes de acero inoxidables unidos ovalmente en el suelo y a la altura de la cintura, con objeto de evitar polillas y termitas. Para su mejor presentación se le cubrió dicho candelero con telas de seda y terciopelo que presentan la imagen como vestida con un traje usado por el pueblo en el siglo XVIII.
La efigie ofrece, dentro de su serenísima tristeza –que acrecienta su belleza- un llanto que sobrecoge, con el aliento entrecortado, en suprema congoja por el intenso dolor que le produce el momento que representa. Esto nos dijo de esta bella talla el poeta y jesuita mejicano padre Ramón Cué: “La Virgen de la Estrella representa el momento más pasional, fuerte y necesario del sufrimiento. No llegó el desahogo. El dolor quema, tortura y hasta contrae las facciones de la más bella de las mujeres. Tiene afilada la nariz, levemente convulsos los labios y levantados los extremos interiores de su cejas; señales claras de la cruel lucha. Se llama Estrella, pero oscurecida por el dolor. La Estrella es la que más sufre”. |